Cosa de políticos
Cosa de políticos
SI no fuera porque Alfonso Guerra está decidido a mantenerse como diputado en el Congreso hasta su jubilación, sería cuestión de enaltecer su coherencia ideológica y política en esta coyuntura en la que abunda el travestismo y la carrera en pelo hacia la última moda, moda que en este caso es la obsesión por el centrifugado del Estado y la autoafirmación nacionalista. Iba a escribir "regionalista", pero es absurdo, porque nadie acepta hoy ser una región de España. A todos les parece poco. La duda está entre definirse como nación, nacionalidad histórica o realidad nacional.
A Alfonso estas querencias identitarias le parecen una mercancía trasnochada. Aún recuerdo cómo se indignó cuando Rafael Escuredo, presidente de la Junta de Andalucía, impuso en un congreso celebrado en Granada poco antes de las elecciones autonómicas de 1982 que el PSOE se hiciera andalucista, al menos en la definición. Si ya Maragall le habrá producido urticaria con su Estatut nacionalista, en el caso de su tierra la ortiga se le habrá vuelto úlcera, porque aquí, además, concurre otra circunstancia agravante: su enemistad manifiesta con Manuel Chaves, aquel viejo aliado que, converso al credo de la renovación, desalojó del poder a los guerristas a mediados de los noventa en otro congreso (curiosamente, también en Granada).
Por eso ahora, cuando lee que Chaves, en las negociaciones para la reforma del Estatuto de Autonomía, se saca de la manga que Andalucía es una realidad nacional –¡y para atraerse, dice, a los pequeños andalucistas!– salta como un resorte. El caso es que está absolutamente en lo cierto cuando afirma que el debate acerca de tan sesuda materia de identificación patria pertenece en exclusiva a los políticos, mientras que los andaluces, con su conocida vocación universalista, no se sienten concernidos. Su conclusión lógica se acerca peligrosamente a las acusaciones del PP: si no existiera lo que existe en el preámbulo del Estatuto catalán, Chaves hubiera mantenido lo que ha defendido hasta antier mismo, a saber, que Andalucía es una nacionalidad dentro de la nación española.
Pero el peligro es teórico. Cuando el texto estatutario aprobado por el Parlamento andaluz, con la bandera de la realidad nacional por delante, llegue al Congreso de los Diputados, Alfonso Guerra dirigirá los debates en su condición de presidente de la Comisión Constitucional, y allí votará lo que ya han pactado Zapatero y Chaves, lo que sugirió a su forma Escuredo en el congreso de Granada, es decir, que Andalucía es una realidad nacional como la copa de un pino, que esta definición será un avance progresista en la nueva definición del Estado de las Autonomías y que por eso el PP retrógrado se opondrá en solitario.
Y lo hará sin urticaria ni úlcera, aunque su inteligencia le siga confirmando que estos son cosas de políticos. Como jubilarse de diputado.